Variaciones sobre un mismo tema


El desafío de las artes visuales para cada artista es encontrar las formas, los espacios, los ritmos, las tensiones, los colores y las texturas generadoras de identidad. Cada artista crea un lenguaje que le es propio y distintivo.

Pinto sobre aquello que me interesa, que forma parte de mi existencia y que me moviliza y transforma.
Entonces, la realidad adquiere tres dimensiones sensibles: la realidad lúdica, la realidad vital y la realidad trascendente.
Para plasmar esas realidades, que conforman mi mundo interior, surgen variedad de íconos, entre ellos: los animales, tanto reales como míticos: el ave fénix, los dragones y las salamandras. Aparecen, también, los magos-músicos, los magos guerreros y los adoradores del Sol; las torres, los faros y árboles solares como símbolos de luz y aspiraciones; las flores, frutos y semillas como micromundos de los objetivos potencialmente concretables; y los símbolos astrológicos como registros energéticos y kármicos.
Un entramado de objetos formado por brújulas, astrolabios, fichas de ajedrez, etcétera, todo fluyendo y conectándose en espacios inmateriales.
Parafraseando a Kandinsky, “De lo espiritual en el arte” es, para mí, el relato del mito individual, un viaje hacia lo más profundo, íntimo y primordial de uno mismo. Es zambullirse en el caos para traer todo el repertorio que constituye la marca distintiva y personal.




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